El asesino hipocondríaco, de Juan Jacinto Muñoz Rengel

el asesino hipocondriaco

No todo es fantástico aquí en Lo extraño y lo maravilloso, pero El asesino hipocondríaco sí cumple la función de ser extraño y, por qué no, a ratos maravilloso.

Una tall story con toque cómico

Hablo aquí de lo real maravilloso, de esos límites donde la realidad es excesiva y además nos entretiene en su exceso. Robert Rankin, un autor que me encantaría ver publicado por editoriales de nuestro país (pero que no sé si sería posible traducir de manera efectiva), hablaba de las tall stories. Son esos relatos absurdos o cuentos chinos que se nos narran cuando somos más niños o inocentes, esas trolas con parte de verdad que nuestros familiares disfrutan contándonos porque las tomamos como verdad absoluta.

Y tall story es una definición estupenda para El asesino hipocondríaco. Los relatos que se cuenta el protagonista a sí mismo son aún más interesantes que la trama que nos cuenta la propia historia.

Todos somos un poquito hipocondríacos

¿Quién no ha tenido ese momento en su vida en que se ha percatado de que los médicos no lo saben todo y si no tomamos nuestra salud en cuenta, nadie lo hará por nosotros?

En casos saludables, esto se limita a un poco de investigación, comparativa y a una relación positiva con profesionales de confianza abiertos al diálogo. Aprendemos a comunicar mejor nuestros síntomas, ayudamos a los médicos a que nos ayuden.

En casos menos saludables, como los de Y., el protagonista creado por Muñoz Rengel, la desconfianza se vuelve absoluta. Y la obsesión con el propio cuerpo, total.

(Por cierto, entrevistamos a Muñoz Rengel en este mismo blog hace algún tiempo, puedes ir a leerla aquí).

Y. no está solo en su obsesión

Tal vez para creerse aún más especial en su sensibilidad médica y artística, Y. se compara con otros Grandes Hombres (y alguna mujer) que padecieron desgracias similares a la suya. Y. tiene un oficio muy peculiar: es asesino por encargo, pero también se cree artista y, ante todo, víctima de los hados.

Durante todo el libro sospechamos que la realidad podría no ser como nos la cuenta, pero ahí radica la gracia: en la desconexión entre Y. y aquello que lo rodea. Esto lo convierte en un ser huraño y solitario, que busca consuelo en personajes literarios e históricos, y en el orgullo profesional (algo que intenta compaginar con su moral, que define como «kantiana»). El contraste entre la personalidad extrema de Y. y el mundo externo resulta en un humor que se regodea en el absurdo (y en ocasiones en lo grotesco), de un modo que puede recordar vagamente a autores como Eduardo Mendoza.

¿Puede gustarte este libro?

El humor es algo muy subjetivo, desde luego (y el de Mendoza precisamente nunca me ha entrado bien), así que tal vez esa sea la parte de la obra con la que menos he conectado. Me han interesado mucho más todo el juego metaliterario con una voz narradora original, el despliegue de conocimientos del autor (muy bien integrados en la historia) y el estilo de Muñoz Rengel, limpio y elegante, sin florituras y a la vez efectivo. Cualquiera que lleve algún tiempo escribiendo sabrá lo difícil que es expresarse de este modo.

Si hay momentos en los que sientes que la jugada comienza a hacerse repetitiva y que el libro pierde fuelle, aguanta. En este sentido, la experiencia me recuerda a Kentukis, de Samantha Schweblin: el juego narrativo se alarga tal vez en demasía, pero ese exceso breve cumple su función. Todo está ubicado para que el final funcione mejor.

el asesino hipocondriaco

Y del final puedo decir, sin spoilers, que, al igual que en Kentukis, es muy satisfactorio. No satisfactorio en el sentido de que todo se resuelve de golpe en un giro contundente, o los personajes comen perdices o hay escenas poscrédito que te dejan con ganas de más, no. Simplemente, el final es la conclusión perfecta para la historia que se nos narra, y pocos libros hay que sepan hacer eso.

En definitiva, creo que podría gustarte este libro. Yo le doy todos mis pulgares arriba, hasta ese extra que me ha salido en la planta del pie y que debe responder a algún síndrome extraordinario del que Y. me hablaría largo y tendido (si no pareciera tener tanto pánico, en general, a hablar con las mujeres).


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