Razones (sinceras) por las que ya no leemos como antes

Me vienen imágenes de cuando era adolescente y hablaba con mi prima Emma sobre los libros que nos gustaban. Su madre la pillaba a menudo con la linterna bajo el edredón, leyendo cuando debía estar durmiendo. Yo era más obediente que mi prima, pero también tuve noches de trasnochar, enganchada a escondidas a algún libro de Terry Pratchett, de Stephen King o —y esto me duele un poco decirlo ahora, pero qué buenos ratos me dio— de Anne Rice.

(También escuchaba a los Backstreet Boys y a Laura Pausini. Quitémonos eso de en medio cuanto antes).

Ahora, leo cuando me despierto. Madrugo a propósito para poder leer media hora, una hora si tengo suerte. Algunos libros me enganchan, otros los abandono enseguida. Tengo que consolidar el hábito de la lectura si quiero leer (y debo, debo leer, como escritora, por supuesto).

¿Qué fue de aquella adolescente a la que tenían que arrancar los libros de las manos? ¿Por qué, en general, ya no leemos como antes?

¿Por qué leemos menos?

Hay respuestas a esta pregunta que todos conocemos: menos tiempo, más obligaciones, mayores responsabilidades. Pero no sé si esto es del todo cierto. Quiero decir: con catorce años yo me levantaba sobre las siete y media para prepararme para el colegio, y regresaba a mi casa a las seis y media de la tarde. Había deberes que hacer, amigas a las que llamar por teléfono, corazones que dibujar en una libreta con iniciales prohibidas (esto último era muy importante). Y leía a dos carrillos, mucho, a velocidades inauditas.

A lo largo de los años he dado con razones que no se me habrían ocurrido.

No dormimos suficiente

Resulta que la idea de mi prima de robar horas al sueño para leer era mala, malísima. Maldito el día en que me puse el audiolibro de Por qué dormimos, de Matthew Walker. Si no dormimos nuestras ocho horas absolutamente todos los días, no os imagináis la de cosas horribles que le estamos haciendo a nuestro cuerpo y al resto de la sociedad. Es impresionante y no sé si habría preferido vivir en la ignorancia. Solo en los últimos años he conseguido tomarme el sueño más en serio, y noto que si no han caído esas ocho horas bien cumplidas de sueño reparador, ni leo ni me sale nada cuando escribo ni me sale bien nada.

Si no duermes bien, tu mente no se concentra en condiciones y leer significará esfuerzo, no relajación y ocio.

Ya leemos demasiado

Esto, que puede sonar a paradoja, es mi mayor problema. Si me paso el día delante de una pantalla tecleando y leyendo palabras propias y ajenas, tiene sentido que luego la idea de leer aún más texto me eche para atrás, aunque sea de algo que me guste. Es por esto que ahora solo leo a primera hora de la mañana, por mucho que en los artículos de autoayuda te digan que leer antes de dormir es lo mejor para conciliar el sueño.

Lee antes de dormir y te levantarás a las cinco de la mañana fresco como una rosa, listo para tu café orgánico, tus dos horas de gimnasio y una jornada completa de trabajo en tu start-up de coches veganos para millenials ENFP con gato.

(No, mira, yo antes de dormir quiero apagar el cerebro, dejar de pensar. Además, me gusta leer fantasía oscura, terror y cositas desasosegantes. No quiero dormir con imágenes de cenobitas clavados de pinchos rondándome la fase REM. Antes de dormir solo quiero musiquita de meditar y un Candy Crush, gracias).

Mi bagaje lector me ha estropeado

Lo malo de leer mucho es que acabas cruzando esa barrera de explorar/explotar y te vuelves tiquismiquis. Abandono la mitad de los libros que empiezo. Solo quiero mierda muy muy buena. Y a veces la idea de tener que atravesar treinta páginas de tedio mal escrito con la esperanza de que mejore (no va a mejorar, Gabriella) me da mucha, mucha, pereza.

A esto se une que la mayoría de los libros que funcionan a nivel comercial (y que están más visibles en nuestro entorno) funcionan porque respetan una serie de patrones narrativos. Y solo hay un número limitado de veces que puedes leer el mismo viaje del héroe antes de cansarte.

¿Cuál es la solución? No me queda otra que buscar patrones nuevos. Esto me lleva a libros diferentes, más raros. Son originales, pero a la vez son más difíciles: esto crea más resistencia a «entrar» en la historia, mayor resistencia a leer. Es la pescadilla que se muerde la cola, el ouróboros, el círculo vicioso de que te dé pereza leer.

Las nuevas tecnologías (y las narrativas cebo) se cargan nuestra atención

No es solo que pase un tiempo en Instagram o Facebook o Twitter o Youtube o mi bandeja de correo que antes me pasaba leyendo. No es solo eso. Uso redes porque es mi trabajo. Hoy en día, si escribes, sueles tener que estar presente en el mundo virtual. Ahí están tus lectores.

Pero aunque no use las redes y el email para ocio, no puedo evitar que afecten a mi capacidad de concentración. Nos acostumbramos tanto a los mensajes cortos, a los chutes rápidos y expectantes de dopamina, que si hay que centrar la atención en un texto largo, nuestro cerebro se queja. Escribí demasiado sobre el problema de la atención en Gabriella Literaria, así que no me enrollaré más, pero todos sabemos que andamos trastocados en este sentido.

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¿Qué libro puede competir con decenas de solteras calientes que esperan en mi zona?

No es solo que no tengamos capacidad de atención o que no nos guste lo largo. La gente se come temporadas enteras de Netflix del tirón. Es más un problema de cebos: un libro tiene que estar escrito de manera que enganche mucho para divertirnos. Y no todo lo que ofrece conocimiento y cosas buenas engancha. Nos hemos acostumbrado a que nos ceben una y otra vez con estructuras simplistas en bucle que nos dejan poco saciados y algo intranquilos.

Vuelvo al punto anterior. Quedarte en el bucle de cebos te acaba reduciendo mentalmente. Pero si intentas salir de ese enganche constante y ansioso, la resistencia a la idea de coger una obra un poquito más compleja es inmensa.

Enfermedades y trastornos

¿Y qué pasa cuando lo de la atención viene de serie? Hay personas con determinados problemas para quienes concentrarse en un libro es algo realmente difícil. No solo hablo de cuestiones como la ansiedad, la depresión o el estrés postraumático, que afectan seriamente a nuestra capacidad de concentración y a nuestra energía mental, sino del trastorno de déficit de atención, por ejemplo.

Y luego hay asuntos más peculiares. Personas que sufren de adicciones como el alcohol o la heroína tienen una relación muy diferente con el sistema de recompensa del cerebro. El placer de un libro es ínfimo comparado con una copa o un chute, así que ¿para qué leer? Drogas y alcohol (¡y cafeína!) afectan a nuestra capacidad de disfrute y de atención de formas inesperadas. La mala alimentación, falta de ejercicio… todo puede llevar a una fatiga y aletargamiento que nos conducen a recompensas más rápidas que agarrar un buen libro.

Hay cosas aún más raras… ¿sabías que entre un 1 y 3% de la población sufre de aphantasia (afantasía)? Hablamos de la incapacidad de crear imágenes visuales en la mente. Algo así, imagino, debe de dificultar tu interés por una historia. Aunque no sufro de esto, no soy muy visual cuando leo y envidio a las personas que recrean todos los detalles de una escena en su cabeza. De hecho, me salto las descripciones largas y, como escritora, me cuestan la vida. Al final salen, y entiendo la necesidad que tienen de ellas los lectores, pero una descripción densa de esas de varias páginas me puede hacer soltar un libro.

Vivimos en una cultura utilitaria

¿Sirve para algo una historia? ¿Qué te aporta la ficción? A lo mejor el mayor inconveniente de todos es esa sensación de que deberías estar «haciendo algo más importante» en vez de leer. He llegado a escuchar tonterías como que solo había que leer ensayo, porque la ficción «no sirve para nada».

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Mientras sus compañeras de clase leían libros de verdad, libros útiles, Julia leía a Tolstoi, a Tolkien y a Starobinets. A partir de ahí, todo fue una espiral de autodestrucción y despropósito.

Recuerdo haber leído que la aparición de la imprenta (y, posteriormente, de las primeras formas de novela) tiene una correlación con un mayor grado de empatía en el ser humano. La ficción en general está muy relacionada con la inteligencia emocional, así que si nos queremos poner utilitarios, un buen libro de ficción también tiene su valor social.

Pero dile eso a tu cerebro con su lista de cosas que tendrías que estar haciendo en vez de leer.

Etc., etc., etc.

No lo sé, razones podemos dar miles. Y tampoco pasa nada: uno no es mejor ni peor persona si no lee… aunque podríamos debatir eso partiendo de los puntos ya mencionados antes.

Seguimos consumiendo historias en otros formatos, pero hay algo en el libro en papel que nos obliga a absorber e imaginar, que fuerza a nuestro cerebro a poner de su parte de un modo que las plataformas de streaming o los mensajes en redes sociales no proporcionan.

Personalmente, sigo haciendo esfuerzos por leer. Tal vez ya no me salga tan natural como cuando tenía catorce años, pero creo que es un ejercicio que mi cerebro necesita. Y, a diferencia del colegio o la facultad o cuando reseñaba libros, ya no tengo que leer nada que no me apetezca.

Me he vuelto una ogra gruñona agarrada a sus tomos favoritos, enseñándolos al mundo e insistiendo en que este último libro que ha leído es genial, de verdad, y que tienes que leerlo, de verdad.

Que puede que hasta te cambie la vida.



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Créditos:

6 comentarios de “Razones (sinceras) por las que ya no leemos como antes

  1. Carlos del Río dice:

    Confieso, ejem, que me estoy leyendo «La hora de las brujas» de Anne Rice, y me está gustando. Tengo 14 años + 28 más.

    (No escucho a los Backstreet Boys ni a Laura Pausini).

    Sigo leyendo novelas, porque me dan algo que no me dan otros medios. Y es una cosa que no me planteo escuchar (audiolibros de no ficción, sí). Pero ya no leo de todo ni acabo todas las novelas que empiezo. Sé qué géneros y autores me gustan; sé que novelas no me interesan; pruebo cosas, pero si no conecto, ahí se quedan. Es muy liberador.

    Las épocas que me cuesta leer suelen ser porque estoy leyendo muchísima no ficción para documentarme, o tengo muchos alumnos y tengo que andar corrigiendo cuentos todo el día. Y lo último que quiero es leer en mis ratos libres.

    • Gabriella Campbell dice:

      ¡Perdona, Carlos, que me mandó WordPress tu mensaje a spam y no lo había visto hasta ahora!

      Sí, si además tienes un oficio donde trabajas con información y texto, leer puede costar más de lo normal. A mí me pasa mucho: si estoy todo el día trabajando con ficción y creando, si dejo lo de leer para última hora ni de coña voy a agarrar un libro.

      Y sobre la Rice, bueno… todos sabemos por qué te estás leyendo en realidad ese libro (guiño, guiño).

  2. Roberto Villardon dice:

    Pues yo añadiría la falta de motivación por falta de ¿imputs? sensoriales nuevos. Mi ambito de lectura es reducido, (fantasía, ciencia ficción, zombies, Cotrina, más fantasía) y necesito algo externo que me motive a leer de forma similar que necesito que me motiven para ver una serie. Con ésto último es fácil, por todas partes hay anuncios de «la mejor serie del momento» pero con libros… necesitamos de los blogs y listas de correo 🙂 y que la temática me haga «click» para animarme a leer. Cuanto más tiempo pasa más motivación necesito porque como dices ahi arriba cada vez sorprenden menos cosas y más si se es alguien como yo muy cerrado de temáticas. Lo bueno… que disfruto mucho leyendo aunque la historia ya me sea conocida y que por suerte de vez en cuando aparece alguien que escribe con finales diferentes y giros inesperados y eso da motivos para seguir leyendo.

    • Gabriella Campbell dice:

      Creo que además hay un exceso de información ahí fuera sobre qué consumir, y sufrimos de la famosa «parálisis por análisis». Si das con algo o alguien de cuyo criterio te fíes, es genial, pero hay tanta información de valor dudoso que a veces cuesta.

      ¡Gracias por pasarte por aquí, Roberto!

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