Batalla de los lectores: ¿Lectura rápida o lectura lenta?

lectura rápida

Antes de empezar, ya sabemos cuál va a ser la conclusión de este artículo, la respuesta a la pregunta del título: cada uno que lea como más le guste y le dé la real gana.

Vale, ya, para qué seguir, todos a casa. O… esperad. Tal vez esta sea una de esas preguntas que no tienen una respuesta tan sencilla. Tal vez sea de esas preguntas que merezca la pena analizar.

Analicemos, pues:

Estos últimos meses he estado muy activa en Instagram, intentando hacer crecer nuestra cuenta de Lo Maravilloso. Y ha sido una experiencia de esas que te ponen los pies en la tierra. Si bien en mi cuenta de Gabriella Literaria sobrepasé los 2000 seguidores haciendo poco y cuando me apetecía (ya tenía todo el trabajo duro hecho con mis años de artículos en el blog), es mucho más difícil convencer a gente de que debe seguirte cuando hablas de libros de ficción (entre ellos, los tuyos) que cuando pones citas motivadoras y alguna que otra foto de gatos.

Es que no falla nunca

Pese a todo el trabajo extra, ha sido una experiencia muy positiva, ya que he descubierto la comunidad activa de Bookstagram (el saloncito cuqui de Instagram donde la gente habla de libros en vez de compartir fotos de comida o tutoriales de contouring). Y allí me he reencontrado con un fenómeno que se producía también en la época del apogeo de los blogs de reseñas y, por supuesto, entre los booktubers (la gente de Youtube que habla de libros en vez de compartir recetas o tutoriales de contouring).

Hablo del fenómeno de la lectura rápida. No hay que confundir esto con el speedreading, la técnica para leer en diagonal y absorber los contenidos cruciales de un libro en menos tiempo (de lo más útil cuando estás en una carrera universitaria y tu bibliografía de lecturas obligatorias es kilométrica). No, hablo de la afición por leer el mayor número de libros posible en un tiempo determinado.

Aquí entran los retos anuales de Goodreads, las pilas altísimas de libros pendientes por leer antes de la llegada de un festival literario importante o también las colaboraciones periódicas con editoriales a las que se comprometen muchos de estos bookstagrammers o booktubers (¡y ahora booktokers!) cuando sus cuentas alcanzan cierto nivel de popularidad.

Ventajas y desventajas de una lectura rápida

Para ser justos, todo esto no implica, necesariamente, que una lectura sea rápida. Tal vez toda esa gente que lee 100 libros en un año simplemente tiene muchas más horas de ocio que los demás. Pero estoy segura de que en algunos casos las obligaciones con editoriales, por ejemplo, o el ansia por tachar un nuevo objetivo de la lista, pueden llevar a una lectura superficial.

Este es un fenómeno que puede llegar a situaciones absurdas. Nosotros mismos lo hemos vivido con alguno de nuestros libros: la editorial se molestó en enviar copias de cortesía a muchos blogs de reseñas (que eran, por aquel entonces, el mayor prescriptor de lectura en el género en el que nos movíamos). Al recibir tantísimas reseñas, tuvimos el privilegio de observar algo curioso: muchas de las opiniones eran extrañamente similares entre sí. Cualquiera que haya tenido lectores cero sabrá que tal similitud de opiniones sobre un libro no suele ser lo habitual. Nos dimos cuenta de que en algunos de estos casos, las personas que reseñaban apenas habían hojeado el libro.

Breve inciso sobre el peligro de la bola de nieve

Si tienes la fortuna de que las primeras reseñas en blogs de cierto peso expresan opiniones positivas sobre tu libro, va a crearse un efecto bola de nieve que resultará en una avalancha de reseñas positivas, muchas influidas entre sí. Pero si las primeras son negativas o indiferentes, tu libro va a sufrir. Tanto José Antonio como yo hemos vivido ambas situaciones.

¿Quiere esto decir que se trató injustamente a nuestros libros? No. Los que gustaron mucho probablemente habrían gustado de todos modos y lo mismo ocurre con los que no gustaron. Pero sí que hay menos espacio para el debate y el intercambio productivo de opiniones cuando se recogen testigos ajenos en vez de leer una obra con cierto detenimiento. Esto no creo que ocurra por maldad ni por pereza: si se acumulan las obligaciones y las colaboraciones, es difícil dedicar el tiempo que querrías a una obra.

Este libro es… erm… ¿rojo?

Este no es un fenómeno aislado, claro. Ya se ha debatido mucho sobre los aspectos positivos y negativos de esta simbiosis entre prescriptores en redes sociales y editoriales. Este problema de trabajo a medio hacer en sectores saturados y sobrecargados de trabajo es común en muchos ámbitos laborales (sobre todo en aquellos donde la demanda de trabajo es muy superior a la oferta).

Y vaya el disclaimer de siempre: esto no ocurre con todos estos prescriptores. He encontrado muchas cuentas con un trabajo admirable de análisis y reflexión. Pero es lo bastante común como para que aquel problema bola-de-nieve de los blogs se perpetúe en los nuevos medios.

Aparte de este caso concreto que afecta a los prescriptores (evito aquí, por respeto al trabajo muy digno de estas personas, usar la palabra influencers), volvamos a la cuestión de leer mucho y leer rápido, independientemente de las obligaciones que tengas. ¿Es mejor o peor todo esto que leer lento?

Las ventajas de leer como evasión

Puede parecer que empiezo este artículo criticando lo de la lectura masiva y no es así. De hecho, me gustan mucho todas esas cuentas en redes sociales con desafíos de 100 libros al año. Hablamos de gente que lee con voracidad, de gente a la que no le tiembla el pulso a la hora de abandonar libros (algo que recomiendo, personalmente). Hablamos de personas que buscan algo muy concreto en los libros: disfrutar.

Creo que no es casualidad que muchas de estas cuentas están centradas en el juvenil, el thriller y la romántica (frente a otras cuentas centradas en los clásicos o en el ensayo, por ejemplo), ya que son géneros tradicionalmente asociados con la evasión. Por supuesto hay excepciones (y muchas más de las que los haters de estos géneros se creen), pero un porcentaje alto de estos géneros está diseñado para pasar las páginas con ganas. La prosa suele ser ligera, la acción y el diálogo priman por encima de la descripción y ambientación.

Y esto está bien. Está muy bien. Tenemos que reivindicar el acto de leer como ocio (a lo mejor si lo hiciéramos, tendríamos más lectores). Creo que aquí el papel de estos nuevos prescriptores es crucial: poner de moda la lectura. Porque ya no es algo difícil y obligado como en el colegio, ni hay que realizar análisis sesudos como en los suplementos culturales de los grandes periódicos.

¿Has visto a la booktuber esa? ¡A la cárcel la mandaba yo! ¿Sabes que habla de Dickens sin usar en ningún momento las palabras industrialización, sátira ni análisis sociocultural?

Por mucho que a mí, que tengo 40 años, no me interese ver selfis y vídeos de chicas muy maquilladas haciendo bailecitos con música pop de fondo, ese es mi problema, no el suyo. Si tienen un libro entre las manos, por mucho que ese libro no sea para mí, están transmitiendo en el lenguaje de su entorno —de su generación la idea de que leer es popular, es kitsch (en el mejor sentido), es algo chulo.

Los libros no son solo lo que yo quiero que sean

¿Preferiría yo que estas chicas (¡y chicos!) dedicaran ese tiempo que emplean en maquillarse y aprender bailecitos a leer y comentar a Ishiguro mientras de fondo suena no sé, por mencionar algún grupo a quien nunca menciono Radiohead? Y no es porque tenga cuarenta años: con quince habría dicho lo mismo. Pero uno de mis objetivos constantes en la vida es dejar de juzgar a los demás por mis propios parámetros (o por lo menos intentarlo).

No todos los libros tienen que cambiarte la vida, igual que no todas las series y películas deben contener soliloquios o respuestas a grandes dudas existenciales. Algunos productos están hechos para que despejemos la mente, entremos en mundos ajenos con facilidad y pasemos un buen rato. Por supuesto, estos productos pueden consumirse con mayor rapidez. Nunca dejará de sorprenderme el dato de que (en el mercado angloparlante sobre todo) existen lectores de romántica que consumen al ritmo de un libro al día.

Podemos debatir sobre otros peligros como la producción en masa, la promoción de la pereza mental como forma de vida, la creación de una cultura de conformidad y ultraconsumo… sí, eso también es cierto. Pero yo creo que se pueden compaginar ambas cosas: el ocio de evasión y la lectura más profunda. De hecho, muchas de estas cuentas en redes las compaginan. No es raro que las mismas chicas que hablan de una serie de libros que yo podría considerar facilones y superficiales opinen en su siguiente post sobre un libro de Mishima, Zweig o Shakespeare. Tal vez sí podamos tenerlo todo.

Ventajas y desventajas del slow reading

Visitemos ahora el campo contrario y disculpad mi uso del inglés. Podría usar perfectamente las palabras lectura y lenta, pero esto de la vida slow ha tenido su época de tendencia para todo: slow cooking, slow fashion, vida slow en general. Slow se pronuncia igual que sloe, por cierto, que significa endrina, y que siempre me recuerda a sloe gin, ginebra de endrinas. La lectura slow tendría que ser como un gintonic de nivel, ¿no? Un libro caro, una lectura lenta, saboreando. Te vas a emborrachar igual, pero la experiencia es muy diferente a meterte ocho cervezas.

Aunque yo ya no beba en absoluto (ese tema va a empezar a ponerse tan repetitivo como mi obsesión con Radiohead y pido disculpas por ello), en 2021 me tomé la lectura como un gintonic de esos que cuestan, como mínimo 15 euros, de esos que van tan cargados de cosas que además de algo pedo sales del bar cenada. Y la experiencia ha sido… interesante.

¿Alguna vez habéis hecho el ejercicio ese de mirar un calendario de lo que te queda de vida? Haces un gráfico donde cada cuadradito es una semana. Aquí os dejo un ejemplo de Wait But Why, el blog de Tim Urban:

Creo que esta es, con diferencia, una de las imágenes más perturbadoras que he visto nunca. Si aplicamos este cuadrito a la lectura, ¿cuántos libros podríamos leer en lo que nos queda de vida?

Hay tres posibles respuestas a esto, creo:

  1. Leer lo más posible, para conseguir hacer alguna mella en esa lista interminable de libros que queremos leer antes de morir
  2. Procurar leer solo lo que es importante para nosotros e intentar sacarle el máximo provecho posible
  3. Leer lo que nos da la gana cuando nos da la gana, porque total vamos a morir en cualquier momento

Diría que las tres son igualmente válidas (sobre todo porque, pese al gráfico, nada nos garantiza que vayamos a durar 90 años). Pero tras revisar listas de lecturas de años anteriores, me di cuenta de que estaba leyendo mucho porque sí, porque estaba en la pila o porque me lo habían regalado, o porque tenía obligaciones con alguien. Estaba pasando un verdadero bloqueo lector, donde tenía escasas ganas de coger un libro, como ya expliqué en este artículo. Leer se había convertido en una tarea más, algo que hacía al final del día, cuando solo me apetecía apagar el cerebro y recurrir a la trinidad todopoderosa de Netflix-HBO-Amazon Prime. Y, lo que era peor, al revisar listas de libros leídos me daba cuenta de que había obras que ni siquiera recordaba haber leído (sobre todo si los había escuchado, si eran audiolibros).

La lectura lenta hizo que me enamorara de los libros otra vez

En 2021 me tomé esto de la lectura de otra forma. La lectura se convirtió en lo primero que hago en el día. Así me apetece un poco más salir de la cama, aunque solo sea para hacerme un té y abrir un libro, antes de que las tareas cotidianas y ese malvado streaming puedan apropiarse de mi cabeza. Leí un artículo donde una autora juraba que había solucionado su bloqueo lector leyendo solo un capítulo de un libro al día y haciendo una pequeña anotación sobre ese capítulo. Y así lo hice.

Revisando lo que he leído este año pasado, me doy cuenta de que no han sido, en general, los mejores libros. Aún hay libros que he leído porque sí o porque me sentía obligada a darles una oportunidad. Eso es algo que intentaré mejorar este 2022. Pero en general, la experiencia ha cambiado radicalmente mi manera de disfrutar la lectura. Probablemente no sea para todo el mundo (podéis argumentar que tomar notas interrumpe el flujo de lectura y lo hace menos ameno), pero ha ayudado a mi escritura (está muy bien esto de copiar trucos narrativos ajenos) y a mi lectura. Doy más valor a lo que leo, desarrollo mis habilidades críticas y, menos mal, hasta consigo recordar cosas de libros que ya he leído.

Aquí iba un chiste sobre cómo gracias a esto he podido recordar, por ejemplo, que Moby Dick va de una ballena, pero una búsqueda rápida de las palabras Moby Dick en Unsplash solo me proporciona esta imagen.

Escribir un libro tiene mucho trabajo (¡lo sabré yo!). Creo que lo mínimo que puedo hacer como lectora es devolver un poco de ese trabajo y apreciar en condiciones la obra que el autor ha hecho llegar hasta mí con sangre, sudor y lágrimas (os aseguro que hay muchas, muchas lágrimas).

Como ya concluí en ese artículo ya mencionado sobre por qué leemos menos, creo que esto puede tener que ver con la edad y la fase vital. Tal vez la juventud es el momento ideal para hacer vídeos y selfis y devorar más de cien libros en un año, simplemente porque puedes. Y tal vez a partir de cierto momento necesitas hacer algo más reflexivo, más meditativo.

O tal vez todo es igual de válido.

¿Qué? Ya os dije desde el principio que esa era la conclusión a este artículo.



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